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lunes, 14 de abril de 2014

El desarrollo responsable en la costa



Tema1. El desarrollo responsable en la costa. Por Guillermo Quirós A. Oceanógrafo.
Somos dueños de un país cuyo territorio cubre 640.283 km2, de los cuales 92% es marino. Bordeando tal territorio se extienden 1.412km de bellas playas, ensenadas, golfos y bahías; cuyo valor en el mercado internacional alcanza cuatro mil billones de dólares, producto de considerar solo el valor del primer kilómetro tierra adentro. Este enorme capital está manejado por las grandes empresas transnacionales, las cuales no dudan en pagar míseras granjerías de todo orden para garantizar su inversión.  
No obstante esta realidad tangible, nuestros gobernantes no han incorporado de manera racional estos recursos naturales al desarrollo nacional. Se ha “ignorado” esta dimensión nacional, así como las oportunidades  que ofrece para el futuro la última frontera de la humanidad, dejando en manos de los gobiernos locales su manejo; y la evidencia indica que los errores cometidos son de gran magnitud, irreversibles y muy contrarios al desarrollo sostenible. Privilegios, exoneración de impuestos, bienes a perpetuidad, entrega de servicios públicos, crédito estatal ilimitado, obligación de las instituciones públicas de suministrar agua, electricidad, telefonía y redes viales; son algunas concesiones inaceptables para nuestro pueblo establecidas por ley. Por ejemplo el modelo papagayo se gesta en 1982 con la ley 6758 y es notorio que a lo largo de sus documentos estratégicos palabras claves como: daño ambiental, contaminación, responsabilidad ambiental, disponibilidad de agua potable, capacidad de carga y fragilidad ambiental; esenciales en la planificación del desarrollo costero que debieran caracterizar una obra de esta envergadura, están ausentes. Ello indica, sin mayor reparo, que estas variables ligadas al desarrollo responsable y serio, son ajenas a un modelo visto como fuente de grandes negocios con tierras de todos. Bahía Culebra, corazón del proyecto, otrora paraíso marino pletórico de vida y con el mejor arrecife del país, se encuentra amenazado por los impactos combinados de hoteles y marinas colindantes con el arrecife. Corrientes marinas alteradas, flujos de sedimentos, arenas y lodos; ponen en evidencia que la legislación y sus actores han quedado cortos en la protección de nuestros valiosos recursos costeros. La iniciativa se aprobó pues ofrecía generar empleo y riqueza nacional, solo que los empleos son de mucamas y la riqueza de unos pocos inversionistas, sin que el derrame incae llegue a la población. Pero se obliga a la banca estatal y a las instituciones de servicio público, donde también están los amigos, a financiar la infraestructura. Misma que se vende como parte del paquete que se ofrece al capital internacional. Si los recursos naturales y los servicios estratégicos como agua, energía y telefonía son limitados, se extraen de comunidades vecinas, menospreciando los intereses locales.
Mucho de lo cual tiene una génesis cultural, pues nuestra educación ni siquiera ha profundizado históricamente en el significado del nombre de nuestro país. Por un lado la palabra costa indica que la realidad de nuestro pueblo está ligada a esa bella conjunción donde el océano besa el continente. Técnicamente corresponde a la región del territorio que va decenas de kilómetros adentro, donde es palpable la mezcla de la sal del océano con el agua de los ríos; allí donde las especies marinas adaptadas a los ambientes estuarinos desovan; hasta el lugar donde la plataforma continental penetra en las profundidades marinas siempre en tinieblas. Esta amplia franja de tierra y agua, tiene un ancho medio de 40 kilómetros en el Pacífico y de 25 kilómetros en el Caribe, con insospechada cantidad de recursos marinos: minerales, energéticos, vivos, renovables e irrenovables, degradados y vírgenes algunos. Se ubica aquí la delgada franja del litoral, donde yacen las playas rocosas o de arena, los acantilados e islotes, los estuarios –o esteros-; de los cuales el Golfo de Nicoya y el Golfo Dulce son los más fieles exponentes, las desembocaduras de los ríos donde los contaminantes de las ciudades y del agro van a mezclarse con las algas, los peces, los moluscos; y los grandes viveros -o humedales- que se encuentran en sus riberas.
Y la palabra rica -referida a la costa- no se refiere a las ilusiones que motivaron los dijes de oro que colgaban en los cuellos de los indígenas, es un real potencial que solo las transnacionales del turismo han incorporado a su patrimonio
La educación es esencial: nuestra geografía obliga a que los niños debieran conocer que es un delfín, una ola y una corriente marina, tan bien como conocen la importancia de los volcanes, el suelo y el café.  Los jóvenes de las costas debieran saber lo importante de los arrecifes, la vulnerabilidad de las especies que ahí habitan, lo frágil del manglar y del porqué no se puede construir a menos de 300m de la playa en un ecosistema tropical. Ellos en 25 años administrarán este país. Tendrán que enfrentar cómo darle techo, comida y trabajo a 15 millones de personas. Por ello tenemos la responsabilidad de abrir su mente a nuevos horizontes del desarrollo, garantizando desde ya la preservación de sus recursos naturales.  

La evaluación seria del “desarrollo costero” nos debe conducir a soluciones que logren armonía y sostenibilidad en las decisiones políticas. Es urgente llevar a cabo una revisión a fondo de toda la normativa nacional sobre el manejo y administración de la zona costera. No se pueden seguir aprobando leyes como la pretendida Ley de Marinas y Atracaderos Turisticos, con el propósito tan solo de facilitar las inversiones foráneas en la zona costera, violentando inclusive princpios jurídicos que establecen controles sobre la misma región geográfica. Proyectos de ley que se aprovechan –por un lado- de la gran confusión e ignorancia de nuestros legisladores y –por otro-, de la falta de entendimiento sobre el manejo apropiado de estos frágiles ecosistemas, destinados a desaparecer en pocos años si no hacemos un alto en el camino y ordenamos nuestro país en este campo estratégico. 
La fuerte inversión internacional, la generación de empleo y la rapidez del trámite administrativo para los inversionistas; son las únicas razones esgrimidas para aprobar nuevas leyes. Por el contrario, el modelo que se debe impulsar debe asentarse sobre el raigambre social de las comunidades costeras, facilitar la apropiación y el manejo responsable de los recursos marinos, propiciando –por ejemplo- el turismo rural ecológico. Y desde luego la inversión foránea puede ser importante, pero enmarcada en normas de proporcionalidad y genuino esfuerzo nacional. Jamás en el desplazamiento y el menosprecio social de quienes son hijos de la cálida tierra.
En momentos de desarrollo costero caótico, el país requiere de un análisis pausado y serio de los proyectos que comprometen los recursos marinos por varias décadas o a perpetuidad. Es preciso sentar sólidas bases para que el desarrollismo no termine ahogando las comunidades. Una pausa es también prudente para la prometedora empresa turística nacional, la cual no puede resisitir el paso acelerado de la gran competencia foránea. El problema en la zona costera no es el empleo, es la dignidad laboral e igualdad de oportunidades en un crecimiento razonable también para nuestros capitales criollos. Es progresar en armonía con el ambiente y con el vecino. Es generar riqueza para todos y para todas con dignidad; con una fuerte participación comunal. 

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